Petroglifos de Huancarane: Un Viaje al Arte Ancestral inserto en el valle de Camarones
Hace ya varios años —honestamente perdí la cuenta de cuántos— hice el viaje hasta los petroglifos de Huancarane, en el valle de Camarones, unos 132 km al sureste de Arica. Con el tiempo algunos detalles del camino se me han ido difuminando, pero hay imágenes de ese día que todavía tengo muy presentes: el silencio del desierto, las torres de piedra recortadas contra el cielo, y esa sensación de estar frente a algo que llevaba miles de años ahí, esperando.
Un Tesoro Arqueológico en el Valle de Camarones
Los petroglifos están a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, tallados en grandes rocas de basalto que se estima datan de aproximadamente 1.000 a.C. Recuerdo haberme detenido largo rato frente a figuras humanas, camélidos, aves y motivos geométricos grabados en la piedra —cada uno parecía contar algo distinto: rituales, caza, la vida cotidiana de quienes habitaron ese valle mucho antes que nosotros. Lo que más me impresionó en su momento fue justamente eso: no hay vitrinas ni cordones de seguridad. Uno se acerca directo a la roca, casi puede tocarla (aunque por supuesto no lo hice, y no lo recomiendo), y esa cercanía hace que el lugar se sienta distinto a un museo. Es una experiencia mucho más cruda y directa con el pasado.
Para llegar, en esa época tomé la Ruta 5 Sur desde Arica hasta el desvío hacia el pueblo de Camarones —unos 85 km, poco más de una hora de viaje— y luego seguí unos 47 km más adentrándome en el valle. El camino pasa por el sector de Taltape y después sube serpenteando por los cerros para volver a descender hasta Huancarane. No fue un trayecto rápido ni cómodo, pero cada curva del camino ya anticipaba lo que venía: un valle fértil rodeado de un desierto imponente, con las Torres de Huancarane como telón de fondo.
Lo que le diría a quien quiere ir hoy
Si algo aprendí de esa visita es que vale la pena ir preparado. Llevé agua, protector solar y buen calzado, y aun así el sol del desierto y lo pedregoso del terreno se hicieron sentir. Si pudiera volver, probablemente organizaría la visita temprano en la mañana o hacia el atardecer, para evitar el calor más fuerte del día y aprovechar mejor la luz para las fotografías. También recomendaría ir con un guía local, algo que en su momento no hice y que sin duda habría enriquecido la experiencia con más contexto histórico y cultural sobre lo que estaba viendo.
Y, como siempre insisto cuando hablo de estos sitios: no toquen ni alteren los petroglifos. La posibilidad de acercarse tanto a ellos es un privilegio, pero también una responsabilidad de todos los que visitamos este tipo de lugares.
Un lugar que se queda en la memoria

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